Iban tras el bisonte, bajo las ramas iban, el ojo en el sendero de pezuñas, la mano agarrotada en el mango de hueso, los dientes apretados por el hambre pero más todavía por el frío, lo mejor es el cobijo donde están las hembras y las crías, la lumbre que no se apaga, el abandono y la fiesta. Alertas iban, el morro contra el turbión, los pasos que se hunden en la nieve. Algunos encuentran bayas, las últimas caídas cuando el sol prodigaba días largos, abundantes de pastos y de carne. Si apareciera al menos una cabra, o mejor un venado, pero todo es silencio salvo el silbido en los ventisqueros, salvo el ulular en las altas copas. Hasta un oso sería bueno que apareciera; algunos quedarían rotos para siempre bajo la nevisca, pero el pedernal afilado haría su trabajo y los demás podrían volver, cargados de piel y de alimento, al refugio donde esperan las hembras y la cría, los tizones cuidados con amor, el descanso, la fiesta y sus tambores. El rastro empezaba a perderse en la blancura cuando vieron el bisonte, que volvía sobre sus pasos; tal vez huía, tal vez el viento, que arreciaba desde el valle, le había traído el olor de los que viven en cabañas. Había que cazarlo sin demora, había que adelantarse a esa gente de lanza certera y voces de espanto. Se abrieron en abanico alrededor del bulto que avanzaba; cuando lo hubieron rodeado estrecharon el círculo, hasta que cada uno pudo sentir como propia la caudalosa respiración de la bestia, y fueron claros para todos su cornamenta mortal y su miedo. Arremetió, pero fue en vano; por algo todos habían danzado ante el padre de los bisontes, figurado en ocre y bermellón en la pared de piedra alumbrada por el fuego.
Volvían acezantes con la carga. No se habían detenido a repartir el peso, no fuera que los alcanzara la gente de las cabañas. La nieve era más honda y la fatiga les nublaba los ojos. Menos mal que el viento empujaba ahora desde atrás y conocían a ciegas el camino. El viejo que guardaba la roca de la entrada los reconoció a lo lejos y dio voces de alegría que resonaron en la cueva y en los estómagos de los que esperaban. Se avivaron las llamas y los tambores. Cuando entraron con el animal colgado de una vara, el viejo movió la roca con el cayado que le servía de palanca, hasta dejarla tan bien atascada que podían desentenderse y festejar. Todos aullaban menos los cazadores, que se dejaron caer junto al bisonte, al pie del padre que refulgía en la pared. También refulgían el berilo, el cuarzo, el granito, en las manos de los que trozaban la gran bestia. Eran un círculo del que rítmicamente se levantaban y caían brazos que terminaban en guijarros, y que batían el cuerpo inerte como si fuera otro tambor, salvo que sonaba blando y salpicaba a todos. Las crías miraban desde el pajar del fondo, entre las pieles. Las madres que no trozaban habían comenzado a bailar. Alguien acercó a los cazadores unos cuencos rebosantes de oscura sangre. Su sed era grande. Cuando pudieron sentarse ya los trozos eran repartidos, rojos, húmedos y tibios. Algunos fueron arrojados hacia el rincón de las crías. Los gritos menguaron mientras devoraban esa materia dulzona y elástica, pero apenas después empezó la fiesta, las hembras y los cazadores saltaban entre las chispas, las brasas bien alimentadas crecieron a hoguera, los gritos se unieron en un canto, el viejo daba de beber, de una vejiga de carnero que pasaba de boca en boca, a los que bailaban en ronda. Cantaban y se balanceaban como si fueran un solo ser, las lenguas del fogón los tocaban pero ellos no las sentían. Los tambores batían, batían, el resplandor alcanzaba todos los rincones, el sudor bañaba los cuerpos y la exaltación levantaba las almas, cuando un leño estalló en la fogata y una brasa encendida voló hacia el rincón de las pieles y la paja. Un momento después la humareda no dejaba respirar, todos gritaban, algunos ardían, la roca de la entrada no se podía mover, la fiesta terminó en asfixia.
La gente de las cabañas vio el humo negro filtrarse a través de la piedra, pero lo tomaron como un signo de mal agüero y no quisieron acercarse. Con paso lento, porque la tormenta no había amainado, volvieron a sus hogares, en el valle que hoy llamamos Cromagnon.
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